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20/12/2023

De la ansiedad a la serenidad: rescatando los ritos en la vida diaria

Bernardita Jensen meditando y practicando ritos en el espacio KAOS

Bernardita Jensen, Directora de Área Metodología y Formación

Hablando de ritos, hace algunos años tuve la oportunidad de participar en la Ceremonia del Té. Un ritual japonés milenario que consiste en la preparación y el consumo de este brebaje en fraternidad, como una práctica que promueve la consonancia entre la humanidad y la naturaleza, la calma del corazón y la disciplina mental, con el fin de alcanzar la pureza de la iluminación. La práctica se mantiene en sus formas e intenciones en el Siglo XXI.

Recuerdo que esa tarde el tiempo se detuvo y cada gesto, cada paso de ese rito, parecía que nos iba llevando a un flujo particular y a un silencio delicioso, lleno de belleza y armonía. Y en estos días de cierre de año, de evaluaciones y despedidas, próximos a la Navidad, vale la pena reflexionar sobre lo relevante que son estos eventos.

Los humanos somos seres ceremoniales, de rituales, donde pasa algo interesante: lo que se repite parece que sucede por primera vez. Tiene que ver con una reiteración de actos que nos anclan al presente y que apelan, muchas veces, a la memoria emocional de la infancia, al igual que con romper la rutina y el apuro que nos desconecta de nuestro interior y de los demás. Los ritos, desde su significado, se asocian a lo ceremonial y al orden necesario para honrarlos, trayendo acciones simbólicas, llenas de sentido y de unión en comunidad. Invitan a la reunión y conexión.

Repetición, la base de los ritos

Pareciera que hoy en día el repetir no es algo popular en épocas que buscamos la novedad permanente y los estímulos que no perseveran. Todo es más efímero y fugaz, propio de un ritmo alocado que no se acompasa con ciclos y esperas. Siempre estamos identificando lo nuevo: nuevos destinos, viajes, personas, panoramas, propuestas. En esa lógica, el rito invita a parar, a quedarnos, y con tiempo.

Lo ritualístico nos vincula más con el ser que con el hacer, lo que tampoco es tan célebre hoy cuando se privilegia y premia el activismo un tanto frenético. El ritual es más ser que parecer y tiene su propio ritmo, de inicio y de término, así como la vida y las distintas expresiones de la naturaleza. Hago este repaso porque la escuela es uno de esos lugares, donde aprendemos a ser colectivos bajo estos encuentros. Y tal como se viva esta experiencia, sobre todo pensando en las etapas como la adolescencia, será cómo luego esas personas seguirán preservando su acción.

Una comunidad sin rituales es vacía de significados y eso hace que prime el rendimiento sin límites ni deteniéndose. La invitación es a generar espacios con ritos verdaderos desde contextos familiares y educativos, pues unen y se alejan del mero consumo. Son más cercanos al nexo del alma, las alegrías y las tristezas, y si lo hacemos en la infancia eso luego nos llevará a adultos que saben marcar el fin y el inicio de una etapa, que reconocen el valor de lo que deja huella, que nos detiene y nos convoca a celebrar.

¿Qué celebramos?

Celebremos lo que nace, la llegada de distintas estaciones, la gratitud de vivir, el día del perdón, la tierra, de la paz. No hay que concretar nada tan particular. Sólo conectarnos con el mundo simbólico, expresado en gestos y objetos sencillos. Y qué bueno es detenerse en una cultura donde la ansiedad causa estragos, convirtiéndose en algo casi generalizado.

El National Institute of Mental Health de Estados Unidos define este síndrome como “Sentimiento persistente de ansiedad o temor con la forma en que se vive la vida”. Uno de sus efectos es afrontar un exceso permanente de preocupación y temor, siendo difícil de controlar. Es un problema de salud mental que afecta principalmente a mujeres y a la niñez, ésta última, donde se manifiestan los primeros síntomas.

La ansiedad se incuba en las más tiernas edades, probablemente cuando hay que responder a un montón de tareas que nada tienen que ver con formarse como un ser responsable. Obedecen a este loco paradigma de la ocupación y de la acción permanente, sin pausa ni silencio, con poca orientación.

Sabemos, además, que la real síntesis de los aprendizajes se produce en el momento de más calma. El cerebro no abstrae nada profundo en la vorágine del hacer, según el Mental Health Institute y los datos que arrojó un estudio del 2021, y que el descanso despierto es una herramienta fundamental a la hora de aprender nuevas habilidades.

Cerrando el año

En este cierre de año, invito a reflexionar sobre la importancia de los rituales en nuestras vidas. En una sociedad que vive en ritmo acelerado, los rituales ofrecen una pausa, una conexión profunda y significativa. Propongo generar espacios con ritos genuinos en contextos familiares y educativos.

Estos rituales auténticos, más allá del consumo, nos acercan al alma y nos invitan a celebrar lo que realmente importa. En tiempos de ansiedad, detenerse en rituales significativos se convierte en una herramienta valiosa para reconectar con la calma y la autenticidad. Que, en esta temporada, celebremos como la Ceremonia del Té, buscando la autenticidad en medio de la vorágine diaria.