Imaginemos a un niño que llega nuevo a un curso en septiembre. Todos ya se conocen, ensayan la cueca para el acto, se ríen de chistes que él no entiende. Aunque nadie lo trate mal, su cerebro está ocupado en otra cosa: averiguar si aquí tiene un lugar. Y mientras esa pregunta siga abierta, aprender será lo segundo.
A lo largo de esta serie hemos recorrido las grandes cualidades del cerebro que aprende: lo plástico, lo único, lo multisensorial, lo holístico y, el mes pasado, lo profundamente social. Hoy queremos detenernos en una consecuencia de todas ellas, quizás la más humana: necesitamos pertenecer. No como un lujo emocional, sino como una condición del florecimiento.
La neurociencia social — el estudio del conjunto de redes y mecanismos cerebrales que nos permiten leer emociones, empatizar y comprender las dinámicas de grupo— ha mostrado que conectar con otros no es una simple preferencia afectiva. Así como el cerebro nos avisa cuando tenemos hambre o cuando hay peligro, también enciende señales de alerta frente a la soledad, el aislamiento o el rechazo, y esas señales duelen.
Esta búsqueda tiene raíces antiguas. Durante miles de años, la supervivencia humana ha dependido de la vida en grupo: solos éramos vulnerables, pero juntos podíamos protegernos, criar y prosperar. En una vida nómade, la comunidad era el verdadero hogar. Por eso nuestro cerebro aprendió a interpretar la aceptación como una señal de seguridad y el rechazo como una posible amenaza. La Asociación Americana de Psicología define la pertenencia como el sentimiento de ser aceptado por un grupo, y la Real Academia Española, como el hecho de formar parte de un conjunto. Seguimos necesitando algo tan profundamente humano como sentir que pertenecemos.
¿Por qué en septiembre pertenecemos más?
En septiembre hay algo que el cuerpo reconoce antes que la razón: la certeza de ser parte de algo compartido. Y esa certeza empieza mucho antes que cualquier bandera. Nuestras historias personales y familiares son el primer ladrillo de la identidad: reconocerlas nos ancla emocionalmente y nos da un suelo desde donde mirar el mundo.
Sobre ese primer territorio se construyen después las pertenencias más amplias. Los rituales y símbolos compartidos —como los de Fiestas Patrias— sincronizan las emociones del grupo: esa experiencia colectiva genera una potente sensación de unión y alegría que fortalece el «nosotros».
Y la pertenencia rara vez es una sola. Somos, a la vez, de una familia, de un barrio, de un país y de tradiciones que a veces vienen de muy lejos —en Fundación Mustakis lo sabemos bien, con nuestras raíces griegas entretejidas con lo local. Reconocer esa diversidad no diluye el «nosotros»: le abre un lugar a cada estudiante dentro de una historia compartida.
Esa patria interna —el sentimiento de formar parte, más que el símbolo que lo representa— es la que nos interesa como educadores. Porque esa misma certeza de ser parte es la que, en la sala de clases, deja al cerebro libre y disponible para aprender.
Del ritual compartido a la sala de clases
Lo que ocurre en una celebración de septiembre ocurre, en pequeño, cada día en el aula. La educadora española Coral Elizondo, referente en educación inclusiva y docente del Máster de Neuroeducación Avanzada de la Universidad de Barcelona, lo plantea con claridad: no son los niños y las niñas quienes deben cambiar para encajar, sino el contexto el que debe transformarse para que cada estudiante despliegue sus capacidades. Dicho de otro modo, la pertenencia no es un mérito que el estudiante deba ganarse: es una condición que el aula construye.
Y cuando esa condición existe —cuando una niña o un niño siente que su nombre importa, que su voz es escuchada, que hay un lugar para él o ella—, el cerebro se libera del trabajo de anticipar amenazas y queda disponible para lo esencial: preguntar, crear, equivocarse y aprender. En cambio, cuando predominan el miedo o la exclusión, buena parte de nuestros recursos cognitivos se orienta a protegernos, la curiosidad se estrecha y aprender se vuelve más difícil. La pertenencia no es el premio que llega después del aprendizaje; es lo que lo hace posible.
Por eso, en Fundación Mustakis ponemos el vínculo, la mediación, el juego y la atención plena en el centro de nuestra metodología. Construir pertenencia no requiere grandes gestos: se teje en los rituales del curso, en la bienvenida de cada mañana, en la certeza de que nadie sobra. Tal como los ritos de septiembre nos recuerdan que somos parte de algo más grande, cada sala de clases puede volverse una pequeña comunidad donde aprender con otros vuelva a sentirse natural.
El mes pasado recordábamos, con Humberto Maturana, que nos transformamos en la convivencia. Quizás el desafío de la educación de este siglo sea justamente ese: cuidar las condiciones para que cada estudiante —el que llegó nuevo en septiembre y todos los demás— pueda decir, con todo el cuerpo y sin tener que dejar de ser quien es, este también es mi lugar.
Referencias
Baumeister, R. F., & Leary, M. R. (1995). The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation. Psychological Bulletin, 117(3), 497-529.
Lieberman, M. (2013). Social: Why Our Brains Are Wired to Connect. Crown.
Elizondo, C. (2022). Neuroeducación y diseño universal de aprendizaje: una propuesta práctica para el aula inclusiva. Octaedro.
Maturana, H. (2001). Emociones y Lenguaje en Educación y Política. Dolmen.
American Psychological Association. (s.f.). APA Dictionary of Psychology: Belongingness.