Hay una pregunta que muchos estudiantes se hacen en silencio antes que cualquier otra: ¿tengo un lugar aquí? Como vimos en nuestra editorial sobre el sentido de pertenencia, mientras esa pregunta siga abierta, buena parte de sus recursos cognitivos estará ocupada en resolverla y no en aprender. La pertenencia no es el premio que llega después del aprendizaje: es lo que lo hace posible.
La buena noticia es que la pertenencia se construye con detalles pequeños y sistemáticos. Aquí van cinco recomendaciones, pensadas especialmente para septiembre, cuando las celebraciones patrias abren una oportunidad natural para hablar de raíces, identidad y comunidad. Cada una con su evidencia, su recomendación y una actividad concreta para probar.
1. Empezar por las raíces de cada uno
La evidencia. Nuestras historias personales y familiares son el primer ladrillo de la identidad. Antes de pertenecer a un curso o a un país, pertenecemos a una familia, a un barrio, a una historia. Reconocer esas raíces ancla emocionalmente a los estudiantes y les da un suelo desde donde mirar el mundo. Y en un aula donde conviven distintos orígenes, nacionalidades y trayectorias, nombrarlas es la forma más directa de decirle a cada uno: tu historia también cabe aquí.
La recomendación. Aprovecha septiembre para abrir el foco. En vez de una sola tradición, invita a que aparezcan todas las que habitan tu sala. Reconocer la diversidad no diluye el «nosotros»: lo hace más ancho.
Una actividad: el mapa de raíces del curso. Pega un mapa grande en la pared y pide que cada estudiante marque con un hilo o una chincheta un lugar que sea importante en su historia familiar: dónde nacieron sus abuelos, de dónde viene una comida que se cocina en su casa, el pueblo del que salió alguien de su familia. Cada uno cuenta su marca en un minuto. Al final, el curso mira un mapa lleno de hilos y descubre algo poderoso: somos de muchas partes y, aun así, estamos todos aquí.
2. Crear rituales que le den identidad al grupo
La evidencia. Los rituales y símbolos compartidos sincronizan las emociones del grupo y generan esa sensación de unión que fortalece el «nosotros». Es lo que ocurre en septiembre con las celebraciones patrias, y lo que puede ocurrir, en pequeño, cada semana en una sala de clases. Un ritual es simplemente algo que hacemos siempre, juntos, y que nos hace reconocibles como grupo.
La recomendación. No hace falta inventar mucho: basta con elegir dos o tres hábitos y sostenerlos en el tiempo. Lo que hace ritual a un gesto no es su originalidad, sino su repetición.
Una actividad: el sello del curso. Dediquen una clase a crear su propia identidad de grupo: un nombre, un saludo, un lema, una canción de entrada, un objeto que pasa de mano en mano cuando alguien tiene la palabra. Que lo decidan ellos, no el profesor. Después, úsenlo. Un curso que tiene un sello propio tiene también una respuesta a la pregunta «¿de quién soy parte?».
3. Cuidar cómo se arman los grupos
La evidencia. El cerebro lee el rechazo como una amenaza. Y hay un momento de la vida escolar donde ese rechazo se vuelve público y medible: cuando se eligen equipos y alguien queda para el final. Coral Elizondo, referente en educación inclusiva, lo plantea con claridad: no son los niños y las niñas quienes deben cambiar para encajar, sino el contexto el que debe transformarse. Los mecanismos de agrupación son parte de ese contexto, y están completamente en nuestras manos.
La recomendación. No dejes al azar —ni a la elección entre pares— quién trabaja con quién. Diseña las agrupaciones tú, hazlas rotar y varía los criterios, de modo que a lo largo del semestre todos trabajen con todos.
Una actividad: los grupos que ya están armados. Antes de la clase, prepara los grupos y anótalos en la pizarra o en tarjetas. Cuando llegue el momento, no se elige: se lee. Cambia la composición cada semana con criterios neutros (números, colores, fecha de cumpleaños). En unos meses, cada estudiante habrá trabajado con casi todo el curso, y nadie habrá vivido la experiencia de ser el último elegido.
4. Pertenecer es ser necesario
La evidencia. Sentirse parte no es solo sentirse aceptado: es sentirse necesario. Un estudiante que tiene una tarea real, que el grupo echaría de menos si faltara, tiene una razón concreta para estar ahí. Aquí conviene ser honestos con lo que dice la investigación: la pertenencia escolar se asocia de forma consistente con la motivación, el compromiso, la autoeficacia y la permanencia en la escuela, y de manera más modesta con las calificaciones. Es decir, no es una fórmula mágica para subir notas, pero sí una de las condiciones que sostienen las ganas de aprender.
La recomendación. Reparte responsabilidades reales, no simbólicas. Que cada estudiante tenga algo que el curso necesita, y que esas tareas roten para que nadie quede fijado en un solo papel.
Una actividad: los oficios del curso. Elabora con el grupo una lista de tareas que el curso necesita de verdad: cuidar las plantas, llevar el registro de acuerdos, recibir a quien llega nuevo, manejar la música, revisar que la sala quede ordenada. Asígnalas por un mes y luego rótenlas. La pregunta de cierre importa tanto como la tarea: ¿qué pasaría si nadie hiciera esto?
5. Pertenecer al colegio, no solo al curso
La evidencia. Para muchos estudiantes, el momento más difícil del día no está en la sala de clases sino en el recreo, cuando la estructura desaparece y hay que resolver por cuenta propia dónde ubicarse. La pertenencia se juega también en esos espacios intermedios: pasillos, patios, filas, el primer día de un estudiante nuevo. Y como el cerebro aprende observando, lo que los adultos hacen en esos lugares enseña tanto como lo que dicen en clase.
La recomendación. Mira el colegio completo como territorio de pertenencia. Identifica los momentos sin estructura y dales una: es justo ahí donde algunos estudiantes quedan solos.
Una actividad: padrinos y madrinas de curso. Empareja cada curso con otro más pequeño y establece un encuentro mensual: leer juntos, enseñarles un juego, acompañarlos en una actividad del colegio. Los mayores descubren que alguien los mira como modelo —y se comportan a la altura—, y los menores ganan una cara conocida en el patio. Para septiembre, funciona especialmente bien preparando juntos el acto o los juegos típicos.
Ninguna de estas ideas exige recursos extra: sino de una profunda intención pedagógica. Se trata de asegurar que ningún estudiante deba luchar por un espacio que ya le pertenece por derecho. Este mes, mientras celebramos las raíces que nos unen como país, la invitación es a mirar con detención nuestras aulas: ¿hay algún estudiante que todavía no descubra que ya encontró su lugar?
Referencias
Baumeister, R. F., & Leary, M. R. (1995). The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation. Psychological Bulletin, 117(3), 497-529.
Korpershoek, H., Canrinus, E. T., Fokkens-Bruinsma, M., & de Boer, H. (2020). The relationships between school belonging and students’ motivational, social-emotional, behavioural, and academic outcomes in secondary education: a meta-analytic review. Research Papers in Education, 35(6), 641-680.
Elizondo, C. (2022). Neuroeducación y diseño universal de aprendizaje: una propuesta práctica para el aula inclusiva. Octaedro.
Bandura, A. (1977). Social Learning Theory. Prentice Hall.