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08/06/2026

Cómo incorporar los cinco sentidos a la sala de clases

La sala de clases ha sido, por décadas, un territorio conquistado casi exclusivamente por la vista y el oído con pizarras, libros, voces explicativas, diapositivas y videos dominando la escena, los que entendemos como sentidos externos. Los otros tres sentidos han permanecido como invitados silenciosos, a veces directamente excluidos. Pero el aprendizaje no ocurre en el vacío sensorial, está en nuestro cuerpo, en las texturas, en olores sutiles o invasivos, e incluso en papilas que degustan el sabor del conocimiento cuando logra engancharse a alguna emoción profunda. 

Incorporar los cinco sentidos a la rutina educativa es parte de un sistema que sabe que el cerebro se activa con cada estímulo. Y aquí empieza el recorrido por cada uno de ellos.

1. La vista: más allá del mirar pasivo

Cuando se habla de la vista en la sala de clases, el error más frecuente es reducirla a la función de recibir información impresa o proyectada. La vista, cuando se trabaja desde un punto de vista pedagógico, puede entrenar la observación activa, esa que detecta cambios sutiles, patrones ocultos o relaciones espaciales que las palabras no alcanzan a describir. Es importante que esta visión que se busca, motive la curiosidad de los estudiantes, para sacarle el máximo provecho a este sentido. 

Te dejamos una estrategia de ejemplo. Una clase de historia puede empezar con todas las luces apagadas salvo una linterna que ilumine fragmentos de documentos uno a uno. La penumbra fuerza a los ojos a adaptarse y a buscar significado en cada sombra. También el color tiene un peso específico. Asignar un color a cada unidad temática como verde para ecología, rojo para revoluciones, azul para navegación puede ayudar a incorporar las temáticas. Cuando los estudiantes entren a la sala, su mirada barrerá el espacio y anticipará el contenido solo por la cartulina pegada en la pared. La vista, en definitiva, deja de ser pasiva cuando la sala se convierte en un paisaje que cambia, que pregunta, que esconde pistas en lugar de mostrarlo todo en un libro inacabable. 

2. El oído: ruido, silencio y escucha activa

El oído suele ser el sentido más castigado por el ruido de fondo constante como sillas arrastrándose, murmullos, timbres, risas, pero también es el más maleable para el aprendizaje si se lo usa con intención. Incorporar el oído a la sala de clases, más allá de escuchar al profesor, significa diseñar momentos de escucha profunda de otros materiales, lo que genera atención plena. 

Una grabación de lluvia mientras resuelven ejercicios de matemática, por ejemplo, puede cambiar la relación con la ansiedad. Un poema leído en voz alta por tres estudiantes diferentes con tres entonaciones distintas revela capas de significado que la lectura silenciosa no alcanza a comunicar. Existe una práctica simple pero potente como el minuto de silencio antes de empezar una clase para identificar sus sensaciones, que luego podrían compartir con el curso en una actividad. El oído así educado discrimina mejor entre información relevante y ruido de fondo. 

3. El olfato: el gran olvidado del currículo

El olfato es el sentido más primitivo, el que está conectado directamente con las regiones cerebrales de la memoria y la emoción. Y sin embargo, las salas de clases suelen aspirar a la neutralidad olfativa absoluta, a oler a nada, o peor, a desinfectante y cloro. Romper esa norma es incómodo al principio, pero extraordinariamente fértil. 

Un profesor de literatura puede llevar a clase una bolsa con ramitas de canela, hojas de menta secas o un algodón empapado en vinagre. Mientras lee un fragmento de Cien años de soledad, hace circular los aromas o un profesor de arte que promueva la creatividad y reflexion preguntando que olor creen que tiene La Noche Estrellada. La memoria sensorial de los estudiantes se ancla al texto de una manera que ninguna ficha de lectura lograría. Al día siguiente, muchos recordarán la escena no solo por las palabras, sino por aquel olor dulzón que los acompañó. La biología encuentra en el olfato un aliado natural, y así, estudiar el sistema límbico mientras se huele lavanda, y luego estudiar la respuesta al estrés mientras se huele amoníaco diluido, convierte conceptos abstractos en ex periencias corporales. 

Para la enseñanza de la historia, los olores pueden funcionar como disparadores. ¿A qué olía una trinchera en la Primera Guerra Mundial? Barro, sudor, pólvora. Pueden recrearse versiones seguras de esos olores con barro fresco, poleras usadas y un fósforo usado con olor a quemado. Hay que advertir siempre sobre posibles alergias y evitar fragancias sintéticas agresivas, pero el miedo no debería paralizar la exploración. 

4. El gusto: aprendizaje en la punta de la lengua, literalmente

Incorporar el gusto a la sala de clases suena a una locura para muchos educadores. La comida distrae, ensucia, puede ser peligrosa para alérgicos. Pero precisamente por eso, cuando se hace bien, el impacto es descomunal.

Leer un poema de Neruda a las Odas elementales mientras se prueba un tomate cherry, una aceituna o un trozo de pan recién horneado. El sabor y la palabra se funden en un instante que ningún Powerpoint puede replicar. En inglés, los sabores pueden funcionar como pistas para adivinar vocabulario: una gota de limón para «sour», una pizca de chocolate para «sweet». La memoria sensorial fija la palabra como una sensación. 

5. El tacto: superficie, temperatura y movimiento

El tacto en la sala de clases suele reducirse a escribir con lápiz y pasar páginas. Eso es apenas una fracción minúscula de su potencial. El tacto incluye presión, textura, temperatura, vibración y propiocepción (la conciencia de la posición del propio cuerpo). Para incorporarlo, hay que romper la regla no escrita de que los estudiantes deben permanecer quietos y con las manos sobre la mesa. 

Una clase de geometría puede utilizar cajas vacías cubiertas con diferentes materiales como lija fina, tela de saco, plástico burbuja, papel aluminio. Los estudiantes, con los ojos cerrados, identifican figuras tridimensionales solo por el contacto de sus palmas. La textura es una pista. 

Para física, la fricción se aprende palpando superficies con distintos coeficientes y deslizando objetos pequeños sobre ellas. La sensación de resistencia es más entendible que cualquier ecuación, aunque luego la ecuación sea necesaria. La temperatura también ofrece recursos simples. En una clase de ciencias naturales sobre termorregulación, se pueden entregar paños fríos y calientes (siempre dentro de márgenes seguros) mientras se explica cómo los organismos mantienen su homeostasis. La experiencia corporal convierte un concepto abstracto en una verdad física.