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pensar distinto
30/04/2026

Aprender a pensar distinto: 5 formas de cultivar el diálogo en clases

Si algo ha ocurrido siempre en las salas de clases es que conviven muchas voces y también muchos silencios. No siempre por timidez, sino porque a veces el acto de opinar se ha vuelto riesgoso ya que quien habla puede ser interrumpido, ridiculizado o directamente ignorado. Afuera, en la sociedad, la discusión pública suele parecerse más a un combate que a un encuentro, lo que tampoco ha dado el mejor ejemplo. Y por eso adentro, en el aula, ese clima también se cuela.

La escuela, entonces, tiene la oportunidad única de enseñar a discutir sin perder los lazos, haciendo un ensayo de la vida real donde podemos poner nuestras ideas al servicio de los demás, equivocarnos, discutir con argumento y escuchar, y respetar, puntos de vista variados, porque si hay algo que nos recuerda la idea del cerebro único (acá enlace a la editorial) es que ninguna persona ve el mundo exactamente igual que otra. Si dejamos ver las diferencias como un problema, podemos generar ideas nuevas y construir en conjunto, valorando los aportes individuales y los cambios. El desafío, entonces, es transformar los desacuerdos en experiencias formativas. ¿Cómo hacerlo?

1. Poner reglas claras que no callen, sino que ordenen 

Antes de cualquier debate donde voces van a pensar distinto, el curso necesita establecer compromisos compartidos. Existen estrategias como el «contrato de curso» o el «Charter» del método RULER, ambas diseñadas para que los estudiantes y el docente acuerden cómo quieren sentirse, participar, pensar, crecer y convivir en el aula. Por ejemplo, en lugar de una norma que prohíba interrumpir, se acuerda mirar a quien está hablando y esperar en silencio a que termine. En vez de una regla que sanciona los gritos, se establece levantar la mano para pedir la palabra. Un charter típico incluye compromisos como tratar a los demás como queremos ser tratados, dar espacio a quien lo necesita y usar palabras amables para mostrar aprecio. Lo importante es que estos acuerdos los construya todo el grupo, no que los imponga el profesor, y que todos los firmen como muestra de compromiso.

2. Separar a la persona de la idea

Una de las claves para aprender a discrepar es distinguir entre lo que una persona dice y lo que una persona es. No es lo mismo afirmar: “este argumento necesita más evidencia” que decir: “tú no sabes de lo que estás hablando”. En el primer caso, se analiza una idea; en el segundo, se etiqueta a la persona.

En el aula, esta diferencia es fundamental. Cuando un niño escucha frases como “eres desordenado”, “eres mentiroso” o “no sabes nada”, puede terminar creyendo que esa conducta define su identidad. En cambio, cuando el adulto precisa la observación —“este ejercicio necesita más orden”, “lo que dijiste no corresponde a los hechos” o “este ejemplo no es correcto porque…”— abre una posibilidad de aprendizaje sin cerrar la imagen que el estudiante construye de sí mismo.

Discrepar bien implica aprender a contrastar, refutar y analizar, sin descalificar. Una herramienta que dura para toda la  vida porque es necesaria para comprender el mundo y a quienes lo habitan. Una técnica simple para practicarlo es el parafrasear:»si te entendí bien, tú dices que…» y luego expresar acuerdo o desacuerdo con la idea, manteniendo el respeto por la persona.

3. Usar preguntas que abran el pensamiento

Un debate rico debe evitar las afirmaciones cerradas ni con preguntas que solo buscan una respuesta obvia. Preguntas como: «¿entiendes?» o «¿esto no te gusta, cierto?» no invitan a pensar porque solo confirman lo que ya se cree. Se busca formular preguntas que orienten hacia una meta, que fomenten la creatividad y que abran el pensamiento. Por ejemplo, en lugar de decir «esta solución está mal», se puede preguntar «¿qué pasaría si probamos otro camino?» o «¿cómo podríamos revisar este razonamiento juntos?». Las preguntas indagatorias ayudan a buscar más profundidad y comprensión, en vez de emitir un juicio inmediato.

4. Valorar el desacuerdo como aporte

En muchas conversaciones dentro del aula, la meta implícita que suele venir de todos, no solo del profesor, es convencer al otro de que piense como uno mismo. Eso convierte el diálogo en una lucha por imponer la propia visión, pero el disenso bien llevado enriquece. Se puede enseñar a decir «estoy en desacuerdo contigo, y te voy a explicar por qué con ejemplos y evidencia». Ese gesto transforma al otro en un colaborador, no en un adversario. No se trata de estar de acuerdo al final, sino de entender qué pensar distinto, cuando se argumenta con respeto, hace más fuerte a todo el grupo.

5. Modelar la escucha activa desde el adulto

Ninguna técnica funciona si el profesor o profesora no practica lo que enseña. Escuchar sin apurar, reconocer que cambió de opinión gracias al argumento de un estudiante, pedir disculpas por haber interrumpido son gestos que dan la lección más poderosa de todas, que el diálogo respetuoso es posible. ¿Lo aplicas ya en tu sala de clases?

Aprender a pensar distinto consiste en sostener la convivencia por encima del acuerdo. Cuando afuera todo parece grito y trinchera, la sala de clases puede ser ese pequeño laboratorio donde se ensaya otra forma de habitar lo público. Una donde la identidad de cada uno se expone sin necesidad de anular a la otra. Escuchar al que piensa distinto no nos debilita: nos vuelve más complejos. Y eso también es una forma de inteligencia.

¿Estamos dispuestos a enseñar eso con el mismo esfuerzo con que enseñamos matemáticas o lenguaje? Quizás esa sea la asignatura más urgente.